
Inglaterra, siglo XIX. Una puritana institutriz recibe la tarea de encargarse del cuidado de dos niños huérfanos que viven en una mansión. La protagonista -turbadora Deborah Kerr- pronto se da cuenta de que los antiguos criados, que murieron tiempo atrás, siguen, de alguna forma, muy presentes.
Aunque sugerente, ésta podría ser sólo la sinopsis de otra película más de terror con personajes atormentados por los espíritus de personas fallecidas. Sin embargo, la gran baza que juega su director, Jack Clayton, es dar una vuelta de tuerca al clásico relato de fantasmas, convirtiendo The innocents (traducida al español con el aséptico Suspense) en una perversa historia que admite diferentes lecturas y que deja la puerta abierta al psicoanálisis.
Basado en la novela Otra vuelta de tuerca, de Henry James, el film introduce al espectador en una atmósfera de desasosiego, ambigua y perturbadora, más fascinante por lo que oculta -y que sólo intuimos- que por lo que muestra. Desde el principio, The innocents deja paso a la ambivalencia y la duda: “¿Tiene usted imaginación?”, le pregunta el tío de los pequeños a la institutriz antes de que ésta emprenda su viaje.
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Aquí radica, de hecho, el conflicto que la película plantea. ¿Cómo interpretarla, entonces? ¿Como la revelación de unas mentes infantiles crueles y estremecedoras, atormentadas por almas en pena, que juegan con su virginal institutriz? ¿O, quizá, como la desviación de una mente reprimida y enferma que encuentra salida a sus pulsiones convirtiendo en turbio algo que en realidad es inocente?