




Sin duda lo más interesante de El rey de la montaña es tanto la angustiosa atmósfera que López-Gallego consigue imprimirle a su película como la inteligente configuración de los personajes: Quim es lo más alejado a un héroe, un ser que se encuentra en un entorno hostil que pone a prueba su instinto de supervivencia y que deja en evidencia su cobardía; Bea es inescrutable, un personaje del que intuimos y no sabemos, que aglutina doloroso pasado e incierto presente. Son dos personajes intencionadamente indefensos, civilizados sometidos a una situación extrema en un medio en el que se encuentran desvalidos. En este sentido El rey de la montaña es una honrosa discípula de la magnífica Defensa (Deliverance, John Boorman, 1972) y enfrenta al ser humano a una naturaleza agresiva remitiéndonos a Herzog y Kinski, si bien los resultados quedan muy lejos de aquellos. Difiere la película de López-Gallego en optar por un ritmo narrativo más frenético que en aquellas, más incansable que triunfa en su objetivo de angustiar al espectador, pero que sin embargo descuida el desgaste psicológico de los personajes. Sin embargo, el mayor fallo de El rey de la montaña nada tiene que ver con estos aspectos, sino que señala directamente hacia un vicio tristemente extendido en el cine y del cuál deja de perderse noción: la funcionalidad del plano. Hay una ansiedad latente en introducir el más virtuoso plano, elevar la cámara cuando no es necesario o colocarla en lugares imposibles cuando lo que sucede menos lo requiere. En definitiva, una ansiedad de aglutinamiento de planos a cada cuál más estilizado que acaban por olvidar el sentido de los mismos. Es de recibo decir, sin embargo, que en su empeño por sorprender con la cámara López-Gallego logra algunos pequeños triunfos, a saber el acertado punto de vista subjetivo en algunos momentos de la escena final para emular la sensación de shooter.
El cómputo general nos dice que El rey de la montaña es una película sorprendente en su propuesta y en su factura. Proyectos así son los que necesitan una mayor confianza de parte de la industria para empujar al espectador a las salas y no esperar a que sea la lista de premios y reconocimientos foráneos los que despierten el interés. Si bien El rey de la montaña no está exenta de carencias, sí que es una película a tener en cuenta por su valentía y originalidad, amén de sus logros como thriller netamente intenso. Por tanto, podemos congratularnos por un pequeño triunfo, uno más, camino de una alternativa necesaria a los perfiles que la rígida estructura de la industria cinematográfica estipula en nuestro país.