




El penúltimo film de Martin Mcdonagh se presenta como una aventura de dos compañeros irlandeses, afincados en Londres, durante lo que parecen ser unas vacaciones en la ciudad belga de Brujas. Colin Farrell, cuya interpretación monótona y acartonada no alcanza las espectativas generadas por el protagonista de Tigerland o Intermission, y Brendan Gleeson (al que hemos visto en la saga de Harry potter o en Troya [Troy, Wolfgang Petersen, 2004]) son los guías de este tour por las calles de la ciudad medieval, donde la presencia de Ralph Fiennes ( El jardinero fiel) es la única nota refrescante, que nos consigue sacar del sopor.
La película cuenta con un desencadenante inesperado que, lejos de entusiasmar al espectador, provoca una serie de lamentables situaciones en las que convergen los sentimientos de los protagonistas.
No faltan buenas intenciones, pero la cinta carece de un trato adecuado. Si el largometraje parte sin un motivo justificado, más notorio se hace el sinsentido de esta trama llegado el último acontecimiento, con el que únicamente se podía hacer posible el final deseado por el director pero que estropea más aún la visión de la película.